Hola,

Anoche no salimos, más que nada debido a la bursitis de Muzaraque; así que mi hermano, Noisecell, Muzaraque, Ki y yo acabamos anoche en mi casa cenando comida china y viendo una película de ésas que se compra Muzaraque: Diarios de motocicleta, de Walter Salles, con Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna.


Supongo que hacer una película como ésta debe de ser complicado: contar la historia del viaje que en 1.952 aquellos dos jóvenes argentinos iniciaron por buena parte de Sudamérica, primero a lomos de una motocicleta del 39, y después en autostop cuando la motocicleta dijo basta. ¿Y por qué puede ser difícil contar una historia que ya se ha contado mil veces en la historia del cine, os preguntaréis? Bueno, tal vez la cosa cambia si os digo que los dos amigos argentinos eran: un chico de 23 años a punto de acabar su carrera médica, llamado Ernesto Guevara, y su amigo de casi 30 años, un bioquímico llamado Alberto Granado.

Pero la película no pretende hablar de grandes revoluciones ni de espíritus patrióticos: en realidad, y ahí estriba la dificultad, lo que pretende es mostrar al hombre que hubo detrás del mito del Che Guevara. Un joven de familia más bien acomodada, cuya idea era hacer su vida como médico y sobrellevar como pudiera sus ataques de asma, y que junto a su amigo Alberto quería hacer un viaje turístico y conocer América Latina. Y la primera parte de la película realmente lo consigue: no vemos al futuro revolucionario ni al escritor en que se convertiría Granado, sino que vemos a dos jóvenes que viajan juntos en moto, que se divierten como pueden, y que tienen ilusiones y metas en su vida. Eso sí, nos hartamos de ver caídas de la moto: lo que una vez hace gracia, cuatro veces ya cansa. Menos mal que a la cuarta la moto queda para el arrastre. Y ese hecho tiene gran relevancia, ya que el cambio de planes hará que los jóvenes tomen más contacto con la dura vida de los menos favorecidos; algo que ellos, como hijos de familias acomodadas, jamás podrían haber advertido de otra manera. En realidad, y según los diarios (reales) de Guevara y Granado en su viaje, y según el propio testimonio de Granado, fue este viaje el que hizo que ambos se convirtieran en lo que luego fueron.

El dúo García Bernal - Serna tampoco está mal: Gael en el papel de Ernesto, con unos ataques de asma angustiosos y creíbles, y los chascarrillos ocasionales de Rodrigo en el papel de Alberto. Aunque en todo momento el director se esfuerza en que tengamos en cuenta quién es el verdadero protagonista, claro: Ernesto. En cierta medida, aunque el personaje de Alberto Granado tiene mucha miga en la película, su personaje se resiente de que se le corten las alas en algunos momentos (sobre todo hacia la segunda mitad de la película).

Otra maravilla de la película está en los hermosísismos parajes que muestra: desde Argentina hasta Venezuela, pasando por Chile, Perú y Colombia, y viendo las ruinas del Machu Pichu, las minas del desierto de Atacama, y sobre todo el hermoso Amazonas, destino al que llegan los jóvenes: se dirigen a una leprosería como voluntarios, ya que ambos son especialistas en lepra.

Y es aquí donde la película, en mi opinión, sale más perjudicada. Dado que en algún momento hay que mostrar el cambio que la toma de contacto con la realidad provoca en el joven Ernesto Guevara, que ya comenzó con los mineros chilenos en el desierto de Atacama, pero que se muestra con especial intensidad en la leprosería. Supongo que es difícil separar al hombre del mito, de todas formas; así que tampoco hay mucho de qué quejarse. Desde luego, la historia está correctamente contada, sin demasiados excesos, con unos protagonistas bien metidos en sus papeles; la fotografía es excelente; y la banda sonora está muy cuidada. Y sin embargo, aunque me ha gustado la película, tampoco termina de llenarme.

Ahora que venga Muzaraque y me pegue por ser tan estricta.

Un besote

PD: Como siempre, click sobre la imagen para ir al lugar del que la he sacado.